Al sur del oriente morelense se encuentra Tepalcingo, cuya feria es la segunda más grande de la República y una de las más antiguas. Entre las comunidades que lo integran se encuentra San Miguel Ixtlico el Grande, donde cada 16 de septiembre se lleva a cabo el alucinante “Simulacro de los Mecos” en el que se escenifica y celebra su particular versión de la Guerra de Independencia.

Le llaman simulacro porque es “de mentiritas” y de los Mecos porque así llaman al contingente de pobladores de la localidad disfrazados de “apaches” que batallan contra los españoles en esta representación.

Todo inicia por la mañana, temprano, con un nutrido desfile por las calles del pueblo en el que participan autoridades, carros alegóricos y caballos con pobladores disfrazados de personajes históricos.

En el recorrido también circulan los personajes propios del simulacro: la Reina de las Fiestas Patrias y el Rey de España, con capas de terciopelo, coronas y cetros, y sus españoles, pocos, pues obviamente casi nadie quiere ser de ese bando, distinguidos por portar un mosquete de salva, vestir de camisa y usar un sombrero tejano cubierto de flores de papel de colores y cintas que cuelgan por la parte trasera.

Tres jovencitas, representando a la Patria, la Libertad y la América, portando arco, flechas y estandartes y ataviadas con penacho, pectoral, falda corta y sandalias adornados con motivos prehispánicos, encabezan el contingente de los Mecos, que como seña principal van cubiertos del almagre obtenido de la tierra roja de la región oriente, el mismo que se utiliza en la alfarería de Telixtac.

Pueden llevar ropa hecha tiras, a manera de flecos, ropa normal o un traje “de Apache” de cartón y papel en los colores de la bandera, seguidos por la banda del pueblo, que va a pie tocando.

Todos se congregan después en la cancha de la Ayudantía, donde se hacen las presentaciones formales de todos los participantes y comienza, en círculos, la danza de los Mecos encabezados por la Patria, la Libertad y la América, a quienes se unen niños, jóvenes y adultos caracterizados como ellos, para danzar enarbolando banderas.

Mientras tanto, los reyes, sentados en sus tronos sobre una tarima que domina la cancha, acompañados por sus españoles, contemplan la danza. Los pobladores y visitantes se ubican en el graderío colocado en la cancha, que se llena desde muy temprano.

Esta misma celebración, con prácticamente todas las mismas características que aquí se describen, solo que en números más pequeños, se lleva a cabo en Minneapolis, Minnesota, principal localidad a la que emigran los sanmiguelenses.

Hace varios años vino por primera vez “el gringo” que les presta un predio donde allá llevan a cabo esta celebración. Casado con una sanmiguelense, fue muy bien recibido. Fue ceremonialmente ataviado como Meco y cubierto profusamente con almagre entre bromas, risas y mucho alcohol; una especie de bautizo, señalándolo como uno más de ellos.

Cumplidas las formalidades, los participantes de la danza de los Mecos, cuyo contingente para entonces se ha engrosado con un buen número de habitantes caracterizados como ellos, entre música de banda y algarabía parten de la cancha hacia las afueras del pueblo.

Todos los pobladores que se les unen lo hacen a las huestes que han de luchar por la independencia; nadie se suma ya a los españoles.

Entre nubes de polvo levantadas al danzar, llegan al convite. Allí se ofrece a todos los que se acerquen un delicioso chilate de res, caldo aderezado con chiles guajillo y puya, verduras y hierbas, preparado allí mismo por un muy respetable grupo de cocineras.

Hay algunas mesas, pero los comensales son tantos que la mayor parte come sentado donde pueda, sobre tocones, ramas o el mismo suelo.

Ya con el hambre saciada, nuevamente danzando al incansable son de la Banda San Miguel Arcángel, llegan al llamado “Cerro de los Mecos”, donde la batalla tiene lugar.

Allí, la Patria, la Libertad y la América toman posesión de la parte alta de la loma, mientras los reyes y sus españoles se sitúan en la parte baja.

Los Mecos danzan a la mitad del predio entrelazados de los brazos, formando filas concéntricas en torno a los danzantes que se colocan al centro.

Entre ellos ondean grandes banderas mexicanas que para esa hora, al igual que la mayoría de los asistentes, están manchadas del rojo almagre, que primero fue alegoría de la piel morena y ahora pareciera serlo de la sangre cobrada por la libertad.

Después de un buen tiempo danzando y bebiendo al compás de la música y de gritos de “¡Viva México cabr…!”, la batalla comienza.

La docena de españoles tratará de subir la loma y apoderarse del estandarte de la Virgen de Guadalupe que resguardan los Mecos y trasladarlo hasta los reyes, labor dificilísima, literalmente cuesta arriba, pues los muchos Mecos los derriban una y otra vez.

La música no para ni un instante y los miembros de la banda ahora tocan sentados en la loma.

Los españoles usan sus mosquetones de salva que, aunque no disparan nada, sí emiten un fuerte sonido y una leve llamarada que demandan precaución y respeto.

En una ocasión, ya muy avanzada la batalla y ante el descuido provocado en los Mecos por la alegría y el alcohol, me tocó ver a un español, muy ágil e inspirado, que logró llevarse el estandarte loma abajo, ante la estupefacción de todos, reyes de España incluidos.

Sin embargo, acto seguido el estandarte fue devuelto por la centena o más de Mecos que, sin dificultad, riéndose, lo arrebataron y devolvieron loma arriba, reinstalándose la alegría y las escaramuzas españolas con su tronar de salvas, repelidas a empujones o derribos.

Casi se puede sentir lástima por ellos, pero son los malos de este cuento y cuando, ya caída la tarde, los capitanes de los contingentes lo consideran pertinente, decretan que la batalla ha terminado.

Bulliciosamente, ya cercano el atardecer, se trasladan todos de nuevo a la cancha de la Ayudantía, donde los reyes se posicionan en su trono rodeados por los españoles.

Entonces se hace un ataque por parte de los Mecos y los españoles entregan sus armas y con ellas los Mecos dan muerte al rey de España.

Cargado en andas por sus españoles y seguido por la reina que lo llora, entre música fúnebre le dan una vuelta a la manzana a modo de despedida.

Mientras tanto, ante este acontecimiento la alegría se desborda y la danza continúa hasta que el cuerpo aguante.

Termina así, a más de doscientos años, una de las formas en que los mexicanos celebramos nuestra libertad y el blanco de nuestros ideales, reinventando la historia y nuestra mexicanidad a cada paso, festejando con verde esperanza que tenemos patria, aunque ahora, tristemente, esté teñida con la roja sangre de decenas de miles de mexicanos que perecen violentamente cada año.