Por teléfono no alcanzo a mirar cómo es mi entrevistado, solo escucho su voz que no ha perdido su acento morelense.
Al platicar con don Margarito Vergara Tablas, actualmente de 59 años de edad, aunque llegó a los 21 años al norte, como llama a Estados Unidos, comienzo a escuchar con mucho respeto sus razones para peregrinar a causa de las enormes carencias que padecíamos aquí, en el Ejido de Pitzotlán, pequeña ranchería de menos de 50 personas ubicada en el municipio de Tepalcingo, Morelos.
Les comparto esta entrevista, queridos lectores migrantes, que como otras más que haré, está plena de genuinas razones para emigrar y, ya allá, de perseverancia en el trabajo, de ganas de salir adelante y, al alcanzar el llamado “sueño americano”, de gratitud a la vida.
Comienzan sus respuestas a las preguntas que le hago:
“Mire usted —dice a quien esto escribe—, vivíamos en la pobreza con mi madre y mis dos hermanos desde que nuestros tres padres desaparecieron de nuestras vidas cuando éramos niños aún.
Acostumbrados a lidiar con las necesidades cotidianas, entre los tres chamacos le ayudábamos a mi madre a cultivar maíz de temporal y a vender fruta diversa. Por cierto, hacíamos una hora caminando rapidito hasta su puesto en Tepalcingo, donde vendía pitayas, bonetes, guamúchiles, ciruelas criollas, limones y carambolos, dependiendo de lo que hubiera en cada temporada.
Mi madre, además de vender, hacía trueque intercambiando lo que necesitaba para alimentarnos.
Mi madre, años después, gracias a una tía que le donó un pequeño lote para poder fincar una casa propia y vivir en ese otro lugar, y con ella nosotros, sus tres hijos, muy cerca de Pitzotlán, pero ya en la colonia Adolfo López Mateos (ALM).
De hecho, todo el ejido de Pitzotlán, incluida la ALM, se creó en tierras de la enorme Ex Hacienda de Tenango, una de las que don Emiliano Zapata rescató para los pobres del campo.
Solo que actualmente quedan únicamente 15 familias en Pitzotlán, del que salimos porque es un lugar que sigue sin agua potable; solo hay agua de pozo. Incluso nunca hubo luz, hasta que últimamente me enteré de que hace solo un año ya les pusieron electricidad, pero antes no tenían ningún servicio.
Y de ese lugar salí.
Me paraba a diario a las cuatro y media de la mañana para ayudar un poco en casa y agarrar camino a Tepalcingo, donde estaba mi escuela, la Lázaro Cárdenas, donde cursé tres años de primaria y luego la terminé en la ALM, además de un año más de secundaria en el que tenía que trasladarme de Tepalcingo a Jonacatepec.
Luego me fui a Yautepec. Ahí me “arrimé” con mi hermano Rafael Vargas en una vecindad donde vivía con amigos.
Duré un año en el CEBETIS, pero no nos alcanzaba ni para lo elemental y me cambié a Jojutla, donde uno de mis amigos, Pedro Benítez, ya vivía en el norte, por lo que le escribí y le pedí que me echara la mano para irme yo también al norte.
Y así fue.
Nos apercibió a un amigo y a mí de cómo debíamos cruzarnos. Él nos esperaría del otro lado.
Y nos fuimos.
Nos cruzamos por Tijuana y ya cerca de la línea de San Isidro nos echamos a correr una media hora. Tenía yo 21 años de edad y estaba fuerte porque desde chamaco, además de caminar mucho, jugaba fútbol cada vez que podía y, como la pobreza es canija, aguantamos.
Ya cerca del freeway, que comunica de Tijuana a San Isidro, ahí nos esperaban.
A mí me tocó viajar en la cajuela, pero no fue sino hasta que la abrieron y me asomé cuando pude ver la gran diferencia de un país con otro. Eran lugares que ni en mis sueños había imaginado. Todo arreglado, todo impecable.
Comencé limpiando casas dos o tres días a la semana. Me pagaban tres dólares con veinticinco centavos por hora y trabajaba seis horas al día.
Con mi primer sueldo compré alimento básico para no ser una carga donde vivía y una bicicleta cuando ya pude ganar más.
Don Margarito, amigos lectores, es solo uno de los tantos migrantes con valores humanos que nunca han olvidado su tierra. Incluso hoy es voluntario para apoyar a la familia que lo necesite.
¿Qué tal nuestros migrantes?
Y ahora sí… continuará.
Esta imagen proporcionada por el entrevistado fue tomada poco antes de salir al norte, en ella aparece don Margarito Vergara Tablas con camisa negra rodeado de primos, sobrinos y amigos de su Pitzotlán querido.
Lya Gutiérrez Quintanilla.
Periodista, Historiadora, Escritora y Cronista.