Dr. Alfonso Escamilla, PhD. UNAM.
Sófocles afirmó que «para quien tiene miedo, todo son ruidos».
El miedo de una emoción primaria que nos alerta de una posible amenaza y nos indica que debemos tomar medidas para protegernos. El miedo sirve para sobrevivir, su objetivo principal es mantenernos a salvo.
Las situaciones que provocan el miedo son muy variadas. Podemos sentir miedo cuando creemos que nuestra vida está en peligro, como por ejemplo, ante un atraco, pero también podemos experimentar miedo ante la posibilidad de un hecho, como cuando caminamos por un callejón oscuro y solitario a medianoche. En este caso, no hay un hecho real que inspire el temor, pero nuestra fantasía se desboca imaginando todos los problemas que podrían ocurrir.
Esto implica que no solo tenemos miedo cuando percibimos una amenaza real sino también cuando imaginamos una situación que podría representar un peligro.
El miedo, como un mecanismo innato de defensa que se activa ante la percepción de un peligro, que puede ser real o no, provoca sensaciones muy intensas y desagradables.
Hay miedos racionales y miedos irracionales. Los que nos cuidan y los que nos dañan.
Los miedos irracionales se pueden identificar porque nuestra respuesta es totalmente desproporcionada ante el peligro real que representa el estímulo.
Básicamente, la principal función del miedo es avisarnos de un peligro para poder ponernos a salvo. El miedo nos permite ser conscientes de que existe un riesgo. Ahí, corremos o luchamos.
En este punto nuestro metabolismo se acelera y aumenta la presión arterial, la adrenalina y los niveles de glucosa en sangre. Nuestra respiración se hace más rápida, los músculos se tensan, las pupilas se dilatan y se detienen todas las funciones corporales que no son necesarias.
Nuestros migrantes están viviendo con miedo a peligros reales o ya han tenido experiencias traumáticas que los tienen en una continua situación de estrés.
Presentan temor, desconfianza, pesadillas, están a la defensiva con sobresaltos, hipervigilancia, tienen recuerdos de la situación traumática que se repiten todos los días, presentan pesimismo y desesperanza.
Este trastorno de estrés postraumático es incapacitante.
Por ejemplo, escuchar un ruido fuerte puede desencadenar el recuerdo del evento traumático, lo que lleva a la persona a arrojarse al suelo en estado de pánico.
Evitan sitios específicos de la ciudad o hacer sus actividades favoritas.
Estas personas pueden parecer entumecidas y distantes.
Con irritabilidad, dificultad para concentrarse y trastornos del sueño.
Además, su calidad de vida se deteriora significativamente, con una notable disminución en las actividades recreativas y sociales que antes disfrutaban.
Estos trastornos impactan significativamente en su capacidad para funcionar normalmente en su vida diaria, laboral y social.
Recomendaciones:
Psicoterapia: Se recomienda una terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma para abordar los síntomas de estrés postraumático y depresión.
Tratamiento farmacológico: Considerar la administración de medicamentos antidepresivos y ansiolíticos bajo supervisión psiquiátrica para aliviar los síntomas.
Apoyo psicológico: Proporcionar apoyo psicológico continuo para manejar el estrés. Grupos de soporte emocional.
Respiraciones lentas y profundas, prácticas de relajación y pensamientos positivos.
Dr. Alfonso Escamilla Berrones.
Dr. en Psiquiatra y en Psicología.